
Caminando por una hermosa avenida después de una noche de lluvia me di cuenta que al final se alzaba majestuosa y alucinantemente bella la cordillera de los Andes, blanca de nieves en las cimas que nunca he subido se dibujaba precisa en el cielo, matizándose casi hasta media altura la blancura se asomaba en las primeras edificaciones de la especie.
Un aire fresco invierno calmo me acogía, entre los árboles que asomaban de las casas y aquellos que cuidados crecen en la vereda noté una gran variedad verde de la que yo caminante solitario era un alma más en perfecta armonía. La paz me embriagaba, de pronto me dije que era feliz y que llegado este momento algo me abandonaba, no supe bien lo que se alejaba, no había en mí ambición alguna, ni sueños, ni ansias de sexo y amor, solo caminaba fijada en paz la mirada en la majestuosa naturaleza que no me era hostil. Caminaba en levedad, levedad de ansias, levedad de luchas pasadas y amores latentes, de amenazas futuras.
En el kiosco de la esquina dos hombres mayores conversando luchaban contra la soledad, otro miraba los titulares de la prensa. Una gota cayó imprevista, apuré el paso, la lluvia volvía.


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