Crisis Griega y otras crisis

2 Respuestas a “Crisis Griega y otras crisis

  1. María Quijada Soto

    Inolvidable, un danza a la vida con la fuerza y el vigor de una real convicción.

  2. María Quijada Soto

    Un cuento de don Anibal Quijada:

    BRISA MUSICAL

    En esa planicie cordillerana a tres mil metros de altura, la vida presentaba matices singulares, inexplicables aun para sus propios habitantes, que preferían refugiarse en leyendas o supersticiones.
    Ya, al ascender desde el mar, a más de doscientos kilómetros, conmovía el paisaje desolado y sin vida, de esos extensos territorios desérticos. Daba la impresión como si, efectivamente, uno fuera adentrándose en otro mundo. Hasta el horizonte se extendía la tierra dura, costrosa, los arenales, las siembras de piedras y los salares. Los cerros, igualmente desnudos de vegetación, adquirían a la caída de la tarde diversas tonalidades en colores azul, verde, rojizo, negro que denunciaban su estructura mineral.
    Ni un animal, ni un ave, ni una planta, ni un pájaro. Nada, Sólo la tierra seca y los esqueletos de antiguos pueblos, instalaciones salitreras y cementerios abandonados, eran la huella que quedaba del hombre.
    En lo alto, resistiendo una lucha de siglos contra las arenas del mar que trepa por los cerros, se veían algunos oasis sobrevivientes de un pasado fértil.

    La ciudad, capital de ese vasto territorio, tenía una población de cien mil habitantes. Próxima a ella, trescientos metros más arriba, está el mineral de cobre de tajo abierto más grande del mundo, centro de actividades y producción que da vida a toda la región.
    En esos territorios nunca falta el sol y tampoco por años cae una gota de agua. En las tardes, el viento del desierto lo barre todo con ráfagas de arena.. Las noches, particularmente en invierno, son muy frías. Entonces, la tierra parece contraerse. Las piedras adquieren cierta vida. Vibran y terminan por trizarse, iniciándose el proceso de desintegración que se acompaña de débiles sonidos que la soledad multiplica en una sinfonía de ecos.
    Para los humanos, la altura tiene una consecuencia conocida como de “puna”. Se manifiesta de distintos modos: depresión, angustia, llanto, fuertes jaquecas con explosión de vómitos, hinchazón de las extremidades, vahidos, trastornos cardíacos.
    Parece que este fuera el precio para ingresar en ese mundo. Después de un tiempo, la “puna” desaparece y se disfruta el placer de vivir en la cima, en plena cordillera. Bajo ese cielo purísimo el sueño es realmente reparador y preludia horas activas en que se participa de la energía del ambiente. La atmósfera está sobrecargada de electricidad y tanto los seres como las cosas participan de ella en mayor o menor intensidad.
    En este lugar, los fenómenos estáticos son fuentes de sorpresas. De improviso los objetos adquieren vida, se sensibilizan y entregan insólitas respuestas, a veces hasta de rechazo.
    No sólo están presentes los fenómenos de estática que producen golpes de corrientes, sonoros y chisporreantes, que sobrecargan la atmósfera y dan lugar a situaciones curiosas.
    Hay más.
    A menudo en la oficina me sorprendía regañando a los papeles y a los útiles de escritorio que se escurrían de un lado para otro. Las hojas de papel carbón, como piezas de una farsa, comenzaban a retroceder no bien yo acercaba la mano. Se enroscaban, se movían y terminaban escabulléndose del todo. Pronto opté por ponerles pesos encima y seguir con ellas un ritmo especial de acercamiento.
    Los muebles estaban cargados de energía. Cuando me acercaba a ellos, intentaba abrir una gaveta o apoyarme, sentía su espíritu de oposición, una suerte de rebeldía que los animaba, de rechazo casi violento.
    La puerta interior de la oficina se comportaba, si cabe la expresión, de un modo extraño. De repente y no habiendo nadie en la sala contigua, se habría completamente rechinando en sus mohosos goznes. Con el mismo impulso se cerraba como si alguien hubiera entrado y con todo cuidado la volviera a su lugar. . También la silla. A intervalos, lucían como enojadas, engrifadas, aumentadas en volumen, listas para la respuesta negativa.
    Como todos, me fui acostumbrando a esos fenómenos.

    Sin embargo, un día me enfrente a una situación nueva. Ocurría que, sorpresivamente, todo pareció conciliarse para arruinarme las noches.
    La casa que yo habitaba era grande, de un piso, de construcción muy antigua, de altas paredes y espaciosas salas. Su frente daba a la calle principal y estaba ocupado por oficinas.. Las demás habitaciones se abrían en dos alas que dejaban en medio un amplio patio de baldosas. Enfrentando el pasadizo de entrada, para dar privacidad al interior, se había levantado un elevado muro de madera. A un costado, estaba mi oficina y, en seguida, la habitación que me servía de recámara.
    Los ruidos que me empezaron a preocupar se iniciaban antes de la madrugada. Entonces, yo despertaba. Sobre el techo se oía el sonar de una campana. Sus tañidos al comienzo limitados en número, aceleraban luego en un alegre vibrar. Había cierto ritmo constante en sus repeticiones. A la vez, a la derecha, hacia el pasadizo, se iniciaba el teclear de una máquina de escribir perfectamente audible. Primero, se oían golpes aislados, como si se escribieran palabras cortas, luego, vendrían también los golpes rítmicos, en crescendo.
    El insomnio se apoderó de mí. Todas las noches me levantaba a distintas horas para investigar. Salía al patio, iba a la oficina, encendía las luces. Me quedaba ahí, sentado por largo tiempo sin ver nada.
    En dos ocasiones, pedí al auxiliar que revisara el techo, con bastante riesgo, pues las latas de zinc acusaban peligrosa inclinación. Había una cañería que salía del muro divisorio hasta casi alcanzar ramas de un árbol frondoso. No se encontraba nada anormal.
    Como mi obsesión se traducía en palidez y nerviosismo, uno de los colegas se ofreció a acompañarme una de esas noches.
    Así, decididos a aclarar el misterio, nos quedamos en vela.
    La noche transcurría silenciosa. De pronto, se oyeron las campanas. Miré a mi acompañante y le hice unos gestos para que escuchara.. El se concentró. No obstante, su expresión de perplejidad me indicó que no oía nada. Me observó un rato y, después, se retiró.
    Por supuesto, esto sirvió para que comenzara una ola de malévolos comentarios sobre mis “padecimientos”. “El amigo oye ruidos del más allá”, decían.

    Una noche me desperté sobresaltado. La campana tañía claramente y, en la pieza contigua, la máquina de escribir trabajaba con entusiasmo. En silencio me dejé caer de la cama y pegué el oído al muro. Sí, ahí estaba alguien golpeando las teclas en un ritmo constante, como si fuera un piano tocando una melodía.
    Sigilosamente salí al patio. Pegado al muro, de espaldas, vigilante, me fui deslizando hacia la ventana del cuarto de donde provenían los ruidos.
    Caían las primeras luces del amanecer y en el lugar había una intranquilidad vibrante, cargada de tensión.
    De reojo miré a la habitación. En la semipenumbra pude distinguir los muebles, el escritorio y la pequeña mesa. La máquina de escribir estaba allí. En ese rincón las sombras eran más densas.
    ¿Qué era esa mancha espesa que parecía cubrir una parte de la máquina? Asustado iba a preguntar cuando a mi lado sentí suaves y delicados golpes. Venían del tablero divisorio. Un sudor frío me recorrió.
    Me volví al patio. Algo estaba sucediendo. Por todo ese ámbito, se desplazaban extrañas e invisibles presencias. Desde la puerta de la oficina rechinaban los goznes con una cadencia escalofriante.
    Observé hacia la habitación. En ella, todos esos sonidos y movimientos se reproducían cadenciosamente.
    En mi terror, pude, empero, captar el sentido de los compases. Aunque mi ignorancia musical me impidió precisar las notas, podía contarlas: uno, dos, tres suaves; uno, dos, uno dos, más rápido, uno, dos, tres, cuatro, cinco, aceleradas, sonoras y hasta alegres.
    ¿Una marcha militar?
    Estaba pendiente de eso, cuando sentí la campana como cerrando y rimando la estrofa musical. Por una intuición inexplicable, corrí al extremo del patio y observé el tubo que sobresalía del techo. En el extremo, una rama de árbol golpeaba esporádicamente el terminal metálico. Era la campana. Así lo creí.

    En la mañana siguiente haciendo caso omiso de las suspicacias de mis compañeros, me conseguí una larga escala y trepé por las latas hacia el tubo.
    Algo había ahí.
    Desde atrás del tubo, lo fui sacando lentamente. Era la medalla de un soldado que pendía de una tosca cadena de metal, colgando desde la boca del tubo. En brisa fuerte jugaba a engarzarse con la rama próxima. Es posible que en ese árbol, en otro tiempo, un soldado estuvo allí de vigía y dejó ese recuerdo.
    Era la explicación de las campanas y demás sonidos que conjugaban para producir los extraños acordes. La cadena tocaba el tubo al compás de la brisa y el eco se introducía hacia las habitaciones de la casa y hacia el exterior en consonancia con las vibraciones del tablero y de la puerta.

    Sin embargo, siempre me quedó una duda pese a que los ruidos no volvieron.
    ¿Por qué los compases que me desvelaban eran siempre de una marcha militar?

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