CUANDO LLEGABAN LOS FRIOS

 

brasero

Cuando llegaban los fríos por allá por Cisterna, paradero 25 de la Gran Avenida José Miguel Carrera, nos apilábamos todos, mi tía, mi hermano, mi madre y yo mismo en torno de un pequeño brasero circular de tres o cuatro patas con carbón, allí conversábamos entibiados por el carbón ardiente. El tío Marcial andaba por allí en eso de los pianos, las afinaciones, las compraventas de pianos, etc todo aquello que nos permitía comer, sobrevivir, ir a la escuela primaria a mí y a mi hermano, pasar buenas fiestas de fin de año, con regalos del viejito pesquero pascua, cenas fastuosas con Martini vermut o Cinzano, pan de pascua, ensaladas de papas con mayonesa, árbol de pascua adornado como corresponde con unas pocas bolitas de vidrio de colores, guirnaldas simples, motas de algodón y la correspondiente estrella plateada instalada en la cima del pino, alguna ropita nueva, carnes varias, en fin y los infaltables juegos artificiales: petardos, viejas, bombas y dos o tres voladores que introducíamos en una botella vacía a modo de plataforma de lanzamiento, lanzados se alejaban al cielo estallando en medio de luces o a veces solo sonido, una maravilla. También hay que mencionar que una vez al año, dos como máximo, era el viaje anual de vacaciones, este consistía en general un día en Cartagena, con viaje en tren con locomotora a vapor, provistos de cocaví hecho previamente por mi madre y mi tía, partíamos muy temprano el día señalado a la Estación Central de Santiago volvíamos llenos de aventuras y sensaciones, olas de mar y humos de locomotora. Era una linda vida, claro no teníamos refrigerador, no teníamos lavadora, sí había una artesa, nuestra cocina era de aquellas de parafina, de dos platos. Nosotros los niños no éramos conscientes de nuestras carencias materiales tal vez porque las del alma estaban bien.

Éramos una familia arrojada por la complejidad a una clase media que emergía, como entre muchas luchaba sin otro norte que progresar, llevar adelante tareas que no sabía exactamente quien las había impuesto, había unos mandamientos de la “ley de Dios” que eran en efecto una revelación, pero había más, había que cumplir en la escuela, lavarse, estudiar, hacer, lavarse las orejas, cortarse las uñas… Hayek diría que eran reglas instaladas inconscientemente en nosotros por la selección, por imitación.

No lo sé, pero pienso que esas conversaciones en torno del brasero de invierno fueron una sopa primigenia de lo que después fuimos, nos prepararon para el camino que íbamos a seguir.

GRAZNIDO

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