LA LORA PANCHA

pancha

Si bien la casa de Ñuñoa no era tan grande como aquella de La Cisterna, era lo suficientemente grande para tener un gran y añoso Damasco, un parrón con variadas uvas y un espacio para jugar estrechamente una pichanga, los dos hermanos, Licho y Wille, contra el Tío Marcial. Había una pequeña pelota, unos arcos pequeños, que en lugar de red tenían genero y eran en realidad muy pequeños.

A veces jugábamos uno de los dos hermanos contra el tío sucesivamente era en consecuencia un campeonato de tres, cada partido se jugaba al mejor de tres goles. Cuando no estaba yo mismo jugando, eventualmente hacía las veces de relator de match al estilo del famoso relator de futbol radio Hernan Solis. No había TV en aquellos tiempos.

 Había en esos años un loro deambulando en el patio que también participaba de cierta manera en los partidos lanzando de vez en cuando de cuando en vez,  unos alaridos espantosos o jerigonzas inextricables,  pensábamos que la Lora Pancha, así la llamábamos porque ignorábamos su sexo y no nos preocupada averiguarlo, imaginábamos que Pancha hacía las veces de árbitro ya que  caímos en cuenta que sus alaridos correspondían a jugadas en exceso violentas o discusiones agrias  acerca de salidas de la cancha, tema complejo ya que no había rayado de cancha, naturalmente la participación de Pancha moderó las acciones. El rol de arbitraje siempre presenta sus riesgos, el caso de Pancha no fue una excepción, finalmente la lora Pancha recibió un violento pelotazo desviado en la cabeza y después de una voltereta en el aire, huyó de la cancha para no volver nunca más, se contentaba con ver los match de lejos tras las ventanas discretamente sin hacer ruido alguno. Eso sí la sacábamos al patio para la entrega de premios, ella recibía una porción deliciosa de comida, mal que mal era la única espectadora, merecía ser regalada.

Aparte del accidente del fútbol, así es el fútbol, la lora Pancha se paseaba por el patio relajadamente picoteando el pasto, (como gallinita decía mi madre) y cuando algún desdichado gato decidía atacarla recibía una paliza contundente. Era la reina del patio.

La lora Pancha nunca logró hablar nítidamente, tal vez eso se debía a que le entendíamos sus deseos expresados con diversos sonidos. Pancha emitía principalmente cuatro tipos de sonidos:

Los ya mencionados “alaridos espantosos”

La “jerigonza”, que parecía ser un esfuerzo de Pancha por conversarnos: “¿Hola que cola que cola que cola que cola, AHH?” con una voz muy aguda.

Los “remedos” que eran réplicas a conversación de otras personas ubicadas a cierta distancia, se trataba de sonidos más bien bajo nivel y armoniosos, que provocaban alguna consternación en las visitas.

Los “¿AAAHH?” que emitía cuando al parecer deseaba acotar algo, meter la cuchara, en una conversación.

Era, eso sí, una excelente bailadora de chachachá, yo le ponía un chachachá, por algún misterio de la naturaleza lora, la Pancha comenzaba a bailar con una patita para adelante y otra para atrás. Hay que decir que bailaba mejor que yo, mi hermano y el tío, era cuestión de ritmo.

Con tantas singulariidades no se podía decir que La Pancha fuera particularmente educada o ubicada, de hecho, cuando venían señoras a visitar a mi madre o a mi Tía Cecilia, Pancha  remedaba las voces de sus conversaciones, lo que aparte del efecto sorpresa viniendo de una parte inubicable de la casa, provocaba alguna consternación y hacía muy difícil las conversaciones con y entre las visitas. Obviamente esas visitas no volvían. Otras veces venían unos maestros de aspecto similar al dúo cómico “Los Perlas” a barnizar algún piano, en esas ocasiones además de remedarlos constantemente  y con sus alaridos, se asomaba a mirarlos asiendo con una patita la cortina para sí asomar su cabeza balanceándola de arriba abajo, lo que provocaba la reacción los maestros – ¡¡lorea ahí está otra vez!!

 Pero lo más vergonzoso fue que una vez vino a verme sin aviso un compañero de curso, con quien yo solía estudiar, este amigo trató de hacer buenas migas con La Pancha, Pancha como gesto de reciprocidad amistosa, se subió a uno de sus hombros y procedió a cagarse en él… mi madre se obligó a lavar la asquerosidad, a pesar de lo cual no recuerdo haber visto a mi amigo nunca más vistiendo el fatal chaleco.

A pesar de que La lora Pancha disponía de una gran jaula hecha por nuestras propias manos en el patio para vivir, dormía en mi velador entre los zapatos, al despertar se subía mi cama y me picoteaba suave e insistentemente alguna oreja, yo sentía su jadeo, hasta que la sacaba al patio para hacer sus necesidades. Normalmente comía en su jaula, a veces dormía durante el día allí mismo, parada en una patita y su cabeza sumergida en su plumaje

Jugábamos normalmente a los naipes en su presencia, en esos casos se paseaba por la mesa muy oronda, emitiendo casualmente sus sonidos, afortunadamente no sabía hablar sino estoy seguro que delataría los juegos.

Pero, todos los sabemos, todo tiempo feliz acaba como nuestras propias vidas. Un día la lora Pancha enfermó y fue llevada al zoológico en una cajita para ver que tenía y como mejorarla, el diagnostico fue lapidario, fue sacrificada.

Creo que todos lloramos en casa, el vacío, el hielo, la infinita tristeza que nos dejó La Lora Pancha tardó mucho tiempo en ser superado.

Siempre nos acordamos de ella o sea de él, en el paraíso de los loros debe estar aun contando al Dios de los Loros sus divertidas aventuras en nuestra casa de Ñuñoa. Fue regalona y libre.

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